Más allá de lo económico

SIRUNER

El concepto de sustentabilidad ha sido el centro de polémicas y debates. Asociado al término desarrollo (desarrollo sustentable), siempre estuvo relacionado con la economía neoclásica y con cierta idea eurocéntrica de progreso, concebida en relación directa con nociones de industrialización y urbanización, de predominio de la técnica y de expansión tecnológica. En resumen, desarrollo y sustentabilidad están en sintonía con la aceptación plena de que el capitalismo es la única vía civilizatoria para todas las sociedades atrasadas. Aunque en ocasiones no tan infrecuentes esa idea haya terminado imponiéndose mediante la colonización del pensamiento o a través de las armas.

Por eso resulta provocador que los docentes universitarios se reúnan a considerar estrategias de sustentabilidad para sus medios de comunicación como ocurrió recientemente durante las Jornadas Universitarias La Radio del Nuevo Siglo, celebradas en la Universidad Nacional de Avellaneda.

Pero más atractivo resulta que lo hagan evitando las rejas que supone el punto de vista exclusivamente economicista, cuya voluntad reduccionista encubre manipulaciones simbólicas que malversan el análisis y sustraen de la discusión algunas de los ámbitos que la sustentabilidad pone en juego.

Porque la sustentabilidad, igual que el desarrollo, contiene dimensiones culturales, éticas, políticas y sociales y no sólo económicas. Esa inclusión es una condición insoslayable si lo que se pretende es preservar la diversidad en nuestra vida social.

A menudo la disputa sobre estos asuntos presta escasa atención al modo en que los destinatarios de la comunicación participan en su gestión y la transformación positiva de sus prácticas. Parafraseando al académico británico Michael Redclift podemos decir que, hasta que no sean incluidos en la satisfacción de sus propias aspiraciones, “el desarrollo no podrá ser nunca sostenible”.

Por consiguiente, las estrategias de sustentabilidad de medios universitarios deberían tomar en cuenta en primer lugar a sus audiencias y al conjunto de condiciones que obstaculizan su acceso a una mejor calidad de vida.

A partir de allí, la lógica del debate no puede estar presidida por la rentabilidad económica sino por la utilidad y capacidad de gratificación que alcance la producción de sentidos de esos medios.

El verdadero papel de los medios universitarios no habrá sido comprendido a cabalidad en tanto subsista el reclamo miserable de su autosuficiencia y no la demanda de un compromiso ético con la construcción de una sociedad cada vez más inclusiva, contenedora, justa, fraterna y solidaria.

Solo asumiendo esa responsabilidad será posible crear entornos de confianza que sostengan la credibilidad de esos medios y la reputación de su organización madre: la universidad.

La sustentabilidad de los medios universitarios debe descansar sobre una acción comunicativa que angoste brechas sociales y corrija las asimetrías caprichosas que dividen a las personas entre privilegiadas y desposeídas.

En tal sentido, se habrán vuelto sustentables cuando hayan contribuido a desterrar privilegios, restañar heridas sociales, restaurar la autoestima de los grupos más vulnerables, acrecentar el capital simbólico y estimular el desarrollo imaginativo de las personas y facilitar el acceso universal al disfrute de la cultura y las artes.

De lo que se trata es de alimentar cotidianamente el compromiso ético y moral de contribuir a la construcción de una sociedad cada vez más inclusiva, contenedora, justa, fraterna y solidaria.

Para que todo eso resulte posible es imprescindible abastecer presupuestariamente a los medios universitarios y abandonar la miopía mezquina de exigirles que se autofinancien.

De ese modo los protegeremos de un sistema de radiodifusión tantas veces pervertido y evitaremos que sus programaciones terminen reproduciendo las características masificantes, enmudecedoras y desestimulantes de la participación que proponen unas cuantas emisoras y muchos voceros del establishment.

Son necesidades impostergables de esta hora, en la que vivimos un fuerte retroceso de las capacidades regulatorias del Estado y de fortalecimiento paralelo de los grupos dominantes que detentan y ostentan poder o autoridad.

En circunstancias como esta que se asemejan tanto a las formas de una plutocracia, es decir de una sociedad controlada por sus miembros más ricos, los medios universitarios tienen que actuar como dique de contención a las desigualdades que el Estado no solo no corrige, sino que está potenciando.

Fuente: Página 12